Dieciocho son los diálogos que, según el balance de Vente Venezuela, la dictadura ha usado para ganar tiempo y mantenerse en el poder sin aliviar el sufrimiento de los venezolanos.
Esa cifra no es un detalle histórico, sino la razón de la desconfianza actual. Explica por qué la oposición democrática exige ahora legitimidad, verificación y resultados concretos, y por qué advierte que no aceptará una traición ni una negociación que solo sirva para prolongar la crisis.
En ese contexto de desgaste se produce el acontecimiento principal: el regreso de María Corina Machado a Venezuela el 25 de octubre, después de casi un año en el exilio. Su frase “Estoy aquí, con ustedes” marcó una irrupción sorpresiva que, según Henry Alviárez, coordinador de Organización de Vente Venezuela, cambia el tablero que hasta entonces estaba dominado por la relación petrolera entre Caracas y Washington.
Alviárez sostiene que lo que viene no es una tarea individual ni mesiánica, sino organización para actuar en dos direcciones dentro de un gran acuerdo nacional. Por un lado, reconstruir el tejido social y construir presión para llegar a una elección que abra una transición y una reconciliación con justicia. Por otro, tender puentes con los distintos sectores de la vida nacional para tener diagnósticos y líneas programáticas que permitan atender de inmediato los problemas de la gente cuando llegue ese comicio.
Esa ruta está recogida en el Manifiesto de Panamá, presentado el 28 de mayo y suscrito por Machado, Edmundo González Urrutia y la Plataforma Unitaria Democrática. El documento reclama la liberación de todos los presos políticos, el fin de la represión y la renovación del Consejo Supremo Electoral como condiciones para votar. Para Vente Venezuela, ese texto sigue vigente porque reconoce el liderazgo de Machado y lo orienta hacia la meta central: la elección.
El retorno también puso sobre la mesa el tema de la seguridad, que sigue sin garantías claras, aunque Diosdado Cabello, ficha de la dictadura, afirmó que no se había planteado impedirle la entrada. Alviárez admite que la protección disponible es pequeña frente a la amenaza de un aparato represor cuya esencia, dice, conocen bien, pero subraya la decisión de seguir adelante. Revela además que hubo siete intentos fallidos antes del ingreso exitoso, atribuido a corrección de errores propios, y niega de forma tajante cualquier pacto previo: “No hubo ningún acuerdo previo”, afirma, al señalar que fue el empeño de Machado por estar en su tierra junto a quienes la apoyaron.
El impulso coincide con la presión del aliado gobierno de Estados Unidos después de la captura de Nicolás Maduro. El 26 de octubre, el secretario de Estado de la administración Trump, Marco Rubio, advirtió a la dictadura encabezada por Delcy Rodríguez que no se retrasaran más las elecciones. Rubio vinculó las condiciones del regreso seguro a las conversaciones de reconciliación impulsadas por Washington, en las que cientos de presos políticos fueron liberados y cientos de opositores pudieron volver del exilio. La mesa integra al chavismo, representado por Jorge Rodríguez, y a un sector opositor, representado por Dinorah Figuera.
Las implicaciones son directas. Alviárez dice que Vente Venezuela no forma parte de esa mesa, pero aclara que tampoco la obstaculizará si conduce a una negociación seria para la transición. Si solo sirve para darle tiempo a la dictadura mientras continúa la crisis, advierte que serán los primeros en alzar la voz. Valora el esfuerzo estadounidense, describe la relación con Washington como óptima y sostiene que los intereses de Estados Unidos se alinean con el cambio que quieren los venezolanos: hacer negocios con gente legitimada por el pueblo y no en acuerdos coyunturales con quienes hoy mandan, a los que acusa de vocación delincuencial. El respaldo popular visto tras la llegada, calificado de increíble, y la exigencia de supervisión apuntan a un mismo desenlace buscado: que la presión interna y externa obligue a la dictadura a aceptar una elección sin más dilaciones.



